
El fenómeno de las subculturas digitales de crímenes violentos, conocido como copycat, plantea un reto ético y preventivo sin precedentes: el agresor ya no busca dinero o poder, sino la validación moral a través del sacrificio performativo y la idolatría digital

Alejandro Nava Tovar, profesor de Filosofía e investigador en el departamento de Derecho de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), ha alertado sobre la creciente influencia de subculturas digitales que glorifican y emulan crímenes violentos, un fenómeno conocido como copycat.
Esta advertencia surge a raíz del reciente incidente en el sitio arqueológico de Teotihuacán, en el cual un joven de 27 años estuvo involucrado en un acto que, aunque no se concretó como una masacre, causó múltiples víctimas.
El saldo fue de una turista canadiense fallecida y tres personas lesionadas. En entrevista con Javier Alatorre para El Heraldo Radio, el especialista subraya la necesidad de comprender las motivaciones detrás de estos comportamientos.
El experto de la UAM explicó que las redes sociales han jugado un papel crucial en la proliferación de estas subculturas. Estas comunidades, a menudo denominadas “true crime communities”, se caracterizan por la fascinación y la emulación de actos violentos del pasado, como la masacre de Columbine. En estos espacios, los agresores son transformados en figuras a seguir, generando una peligrosa idolatría.
“Por desgracia las redes sociales han amplificado el surgimiento de subculturas digitales que constan, entre muchos de sus rasgos, de una glorificación y emulación de crímenes violentos del pasado, de estos llamados copycat.”
Esta dinámica se manifiesta en elementos como la vestimenta o las grabaciones realizadas por los perpetradores, que buscan enviar un mensaje y dotar a la violencia de un carácter performativo. El especialista enfatiza que estas acciones se convierten en un modelo para otros jóvenes, perpetuando un ciclo de fascinación por la agresión.
“Precisamente terminan convirtiendo a asesinos en figuras a emular, es decir, terminan teniendo una fascinación por estos asesinos y precisamente empiezan a repetirlos”, dijo.
Alejandro diferenció este fenómeno de otras expresiones culturales como la narcocultura, que, aunque lamentable, se asocia a la búsqueda de estatus, poder o beneficios económicos. En contraste, los crímenes impulsados por las “true crime communities” son más complejos, ya que se originan en un “fanatismo moral” donde el acto violento es percibido como algo intrínsecamente bueno, incluso si implica la propia muerte del agresor.
“En el caso de los true crime communities, este tipo de asesinatos son peores porque estamos hablando de que alguien ve esto como algo moralmente bueno, no es una cuestión económica, el tipo está dispuesto incluso a morir y ese es el problema de este tipo de fanatismos que tenemos.”
Esta ideología dificulta la prevención, pues las personas no buscan sobrevivir, sino enviar un mensaje a través de su sacrificio, idolatrando a los agresores en lugar de centrarse en las víctimas. La detección de estas actitudes es sumamente compleja, ya que existe una delgada línea entre identificar posibles problemas en adolescentes y caer en la estigmatización.
“Es que ahí hay una línea delgada entre saber nombrar, identificar ciertos problemas que tengan los adolescentes con estigmatizarlos e incluso orillarlos más a una exclusión.”
El investigador destacó que, si bien la responsabilidad no recae únicamente en los padres, quienes a menudo desconocen el consumo de internet de sus hijos, también los profesores en universidades y preparatorias pueden observar ciertos indicios. Sin embargo, es crucial evitar los “pánicos morales” que etiqueten a individuos, lo que podría llevar a una mayor exclusión. La sociedad necesita herramientas y orientación para saber cómo actuar ante estas señales de alerta, más allá de las instituciones de seguridad tradicionales.
Con información de: El Heraldo de México


