
El hongo aniquila cultivos en la zona central; campesinos, sin apoyo gubernamental, financian tratamientos biotecnológicos para intentar salvar cosechas; existe riesgo de crisis azucarera

El hongo fusarium se expandió sin control en los cañaverales de Veracruz tras las lluvias perennes, y ya provoca pérdidas de hasta 40% del rendimiento por hectárea.
Productores que abastecen a los ingenios La Gloria y El Modelo reportan que miles de plantas se tornaron amarillas, se pudrieron desde el tallo y redujeron drásticamente su peso.
En municipios como Puente Nacional, Actopan, La Antigua, Paso de Ovejas y Úrsulo Galván, el exceso de humedad aceleró la propagación del hongo.
Antes, una hectárea producía entre 120 y 150 toneladas; hoy, hay parcelas que apenas alcanzan 70 toneladas. Los productores relatan que el fusarium avanza tanto en las orillas como en el interior del cañaveral, donde es más difícil detectarlo.
“La planta dañada no revive; el hongo come, come, y en semanas la caña se hace chica”, expusieron.
Pero lo que más lamentan es que a pesar de que han solicitado apoyo oficial para combatir esta plaga, no hay ya estrategia ni atención.
“Lo que ofrecen es uno que otro bulto de abono, pero eso no es suficiente”, plantearon.
El abandono oficial encontró un refugio en organizaciones como el Frente de Organizaciones Sociales y Económicas del Campo, donde trabajan para contrarrestar la plaga con microorganismos.
El cañaveral de Paso de Varas parece normal desde lejos. Pero basta caminar unos metros para que la ilusión se rompa.
Tallos amarillos y raíces podridas. El fusarium avanza sin freno y sin acompañamiento institucional.
Lo que antes era una plaga focalizada hoy es una enfermedad que se extiende por cientos de hectáreas.
La crisis no sólo se mide en toneladas perdidas, sino en la angustia de quienes dependen de la caña.
José Luis Durán Pérez, productor con cinco décadas en el campo, lo dice sin rodeos: “Aquí tengo cuatro hectáreas… si recupero un 50%, recogeré unas 250 toneladas. Pero si este hongo sigue, no cosecho nada”.
Durán solía obtener 400 toneladas. Hoy, el cálculo es incierto. “Si se me acaba, no recojo nada, nada”, repite. El hongo comenzó a manifestarse hace meses con manchas y el arrollamiento.
“Empezó durísimo… hijo de la chingada, aquí ya lo tenía. Empezó y empezó”. Intentó detenerlo con lo que pudo pagar, bultos de cal y aplicaciones de líquidos.
“Ya les pagué… pero si no recupero nada, pierdo todo parejo.”
En las 40 hectáreas que rodean su parcela, todos están “tapados” por el hongo.
“Aquí todos tenemos este problema… estamos pelados”, dice.
La caña sostiene a los cortadores, cuadrillas de 80 personas que dependen de la cosecha.
“Al no haber caña, no hay cosecha, no hay nada. No hay trabajo”.
La cadena productiva se rompe, sin caña, no hay corte; sin corte, no hay ingreso; sin ingreso, no hay comida.
A falta de respuesta oficial, los productores buscan alternativas… pero son costosas. Mientras el discurso gubernamental habla de un “rescate del campo”, en Paso de Varas los productores están solos.
No hay brigadas técnicas ni diagnósticos. No hay estrategia de Sedarpa, se quejan los cañeros. Aseguraron que lo que ha llegado es un poco de abono. El productor Durán lo confirma: “Lo poco que le he echado a mi caña es de mis recursos… ya me lo acabé. Ya no hay”.
Su voz se quiebra: “Desde el 70 he sido productor… de ahí somos yo y mi familia. Pero ahorita ya me quedé sin nada”.
El hongo destruye décadas de trabajo e identidad. Durán pide que las instituciones volteen a verlos: “Estamos por la calle de amargura… nuestras cañas se están acabando”.
Pide apoyo del gobierno federal y de la presidencia. “No tenemos nada… no le tiramos a nada más que a esto, y mire cómo estamos”.
Ante el vacío, las organizaciones campesinas buscan soluciones. Rafael Lindo lo explica con crudeza: “A falta de respuesta oficial, tuvimos que recurrir a alternativas biotecnológicas. Son buenas, sí, pero muy costosas”.
El especialista Juan Carlos González cultiva microorganismos capaces de competir con el fusarium. Sus formulaciones combinan hongos benéficos y bacterias que colonizan la raíz.
Estos microorganismos “reviven la cepa” y ayudan a reconstruir la raíz que el hongo destruye. Pero esta tecnología tiene un costo que los productores difícilmente pueden absorber.
Aunque los consorcios funcionan, su precio contrasta con la ausencia de apoyos oficiales. El campo se está muriendo. Quienes intentan salvarlo son los mismos productores. Mientras el discurso oficial habla de rescatar el campo, aquí el campo resiste solo.
Con información de: Crónica de Xalapa


